Humor y Viernes Santo

Viernes santo filipinas

En Ponce y en todo Puerto Rico, durante la Cuaresma y las Pascuas de Resurrección, siempre ha soplado una ventolera aguda que remenea los palos y pone a los pastizales a parlotear. Recuerdo de niño los mismos cielos azules claros sin nubes de hoy, la brisa seca y el sol ardiente iguales, elementos naturales que nos llamaban a tirarnos al patio y a la calle a rodar y correr como niños que éramos, pero dada la solemnidad de aquellos días de Semana Mayor había que reservarnos las alegrías.

Aunque en mi casa nunca se tuvo la insistencia religiosa de otras casas, en el Colegio, regido por sacerdotes católicos, aquellos días tenías significados míticos y trascendentales. Esta intensidad religiosa, en más de una ocasión nos llevó a mis hermanos y vecinos a realizar mini procesiones por las calles de la urbanización en las que juntábamos a todos los personajes de todos los siglos de la historia bíblica. Allí iba Moisés, siempre con su cayado y como partiendo aguas; iba Jesús con una cruz siendo azotado con las ramas del sauce llorón de la vecina por los centuriones romanos; iba David, dando órdenes como el rey que era y señalando con el dedo aquí y allí; iba Goliat, amedrentando y dando gritos y callando cada vez que David le alzaba el dedo o la voz; iban los profetas, viendo mensajes por todas partes, interpretando los códigos de la naturaleza, encontrando imágenes de la Virgen en las hojas secas; iban los rabinos judíos, desentendiéndose de las cosas, haciendo así con las manos como lavándoselas en seco. Debíamos hacer una comparsa bastante curiosa, por no decir bastante ridícula.

Recuerdo un Viernes Santo, cuando más pequeños todavía, antes de las comparsas. Mis hermanos y yo estábamos en la parte trasera del patio que tenía una pendiente y estaba en la tierra pelada. Habíamos hecho una pequeña represa con piedras y tierra, y el pequeño cauce de un río cuyo manantial original era una manguera. Nos encontrábamos en plena faena de construcción, utilizando camiones y palas mecánicas en escala, y debimos haber hecho quizá el escarceo normal que hacen los menores cuando se excitan por el juego. En eso se fue abriendo lentamente la pequeña ventana de la parte trasera del cuarto de mis padres que da a su clóset, y por ella escapó la voz de mi padre exigiéndonos que dejáramos de reír, que en Viernes Santo no se puede uno reír.

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La idea de que hubiera un día al año en que estuviera prohibida la risa me ha obcecado desde entonces. Entender que también la risa pueda ser perseguida, que el humor pueda ser considerado enemigo, activó en mí la idea de que había que buscarle un refugio urgente. A partir de entonces quedó sembrada en mí la certeza de que la risa puede también gozar del mismo privilegio que gozan el pensamiento y la imaginación: es imposible ponerle cadenas, negarles su libertad. También se puede reír a carcajadas sin que nadie se percate de ello.

Y creo que también de esta pequeña experiencia juvenil surge en mí la idea contraria y que ya Aristófanes y los griegos descubrieron hace mucho: que son muy pocas las cosas en la vida que son cien por ciento serias. Tan pocas son que se pueden contar con los dedos, de las manos, incluso de una de ellas. A partir de ese momento, los fenómenos del humor y la risa han sido para mí como escritor y para muchos otros que me han precedido, herramientas sutiles de penetración en realidades graves y complejas, formas blandas de encauzar temas espinosos por los delicados pasillos de la inteligencia. Ciertamente la muerte de un hombre en una cruz no es motivo para carcajadas, pero no toda carcajada es muestra de menosprecio, y más son las risas que han salvado que las que han matado.

La ira de San Juanito

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Habría que pensar que, además de falta de capacidad, experiencia y cultura, algo adicional está actuando en contra del Gobernador y su gobierno que no ha sido justamente identificado, algo ajeno y poderoso que se siente vengativo o rechazado. Es cierto que algunos nos sorprendimos durante aquellos primeros meses de su incumbencia, cuando el Gobernador demostró tener más en la bola de lo que su campaña política anticipara. María, sin embargo, sacó la verdad a flote, dejando en evidencia la total falta de competencia del político electo. No sólo carecía de preparación y liderazgo para gobernar cualquier país, mucho menos uno en crisis, sino que su evidente laxitud de principios le abrió las puertas a toda clase de elementos corruptos que se han lucrado y lucran de nuestra desgracia.

Del huracán para acá el Gobernador sencillamente no ha logrado sacar los pies del plato. Se poncha una y otra vez, zumbándole a los peores lanzamientos y dejando pasar todas las rectas. Ha sido incapaz de solucionar los problemas más simples, convirtiéndose en un verdadero mago que transforma cualquier solución en un nuevo problema. Aunque sorprendan, todas estas cosas eran de esperarse.

No obstante, de un tiempo a esta parte vemos algo adicional que ha comenzado a accionarse, un elemento nuevo se ha interpuesto, algún otro mecanismo está actuando sobre él y sobre todo lo que hace de manera que nada, absolutamente nada, tenga resultados positivos. ¿En qué momento fue realmente que se desencadenaron estas fuerzas ocultas, que tienen descabezado al Gobierno de Puerto Rico y al Gobernador hecho una cabeza metida en un saco que habla sin razón ni sentido? Sabemos que nadie, aunque lo intente, puede ser tan inepto; sabemos que nadie, aunque se esfuerce concienzudamente, logra alcanzar tales niveles de incompetencia y mediocridad en una posición como la de dirigente del gobierno de un país; sabemos que nadie consigue alcanzar tal perfección de inoperancia si no es porque está bajo la influencia de algo superior que lo avasalla.

Con el propósito de descubrir este misterio, un grupo de especialistas en el área de la cultura y la parasicología, preocupados también por el paradero de los tesoros culturales del pueblo de Puerto Rico en manos del Gobierno Millenial, nos hemos reunido en cónclave y decido llegar al fondo de este enigma. En busca de la génesis de esta decadencia suprema, hemos realizado un análisis exhaustivo de todas las fotografías publicadas por La Fortaleza desde la incumbencia del actual Gobernador, y hemos descubierto que, desde del 15 de agosto del 2018, no se sabe nada del San Juan Bautista Niño, talla en madera policromada del siglo XVIII de la escuela escultórica cuzqueña, el cual, desde su consola con patas de águila estilo Imperio, ha velado sobre la gestión de los gobernadores de Puerto Rico en La Fortaleza desde tiempos inmemorables.

Las razones para la ausencia del San Juanito pueden ser variadas. La mejor sería que fue removido para darle un tratamiento de conservación, o para restaurarlo de alguna caída causada por algún codazo o mal paso, del Gobernador o sus niños, o de los muchos que pasan por ahí para tomarse las dichosas fotos que tanto suben a las redes sociales. La segunda mejor sería que fue removida por motivos cautelares, conociendo los regueros que monta el Gobernador en su oficina, y tal vez a sabiendas de la torpeza física o los traspiés que dicho reguero puede causarle.

No obstante, la razón más probable es que sencillamente, tanto el Gobernador como la Primera Dama carecen del nivel cultural mínimo requerido para apreciar dicha pieza, pareciéndoles grotesco, tosco, ordinario, muy lampiño y a la antigua el San Juanito. Desde luego, también puede que exista un elemento metafórico (conociendo la gran afición del Gobernador por las metáforas), y que, por el mero hecho de ser un San Juan Bautista Niño, la presencia detrás suyo lo hiciera sentirse velado, sometido, simbólicamente, a la supervisión de San Juan Bautista, que, a su vez, era la Alcaldesa de la ciudad de San Juan Bautista.  Nadie se espante ni crea exagerado pensar que, en la mente ya febril de un gobernador a la defensiva, pudo haberse dado ese momento de locura, quizá activado por alguna pesadilla en la que el San Juanito se convertía en una Carme Yulín Niña que lo fiscalizaba continuamente, y que cobraba vida cuando él se dormía, andando suelto por la oficina averiguándolo todo…

Los expertos que hemos estudiado el caso opinamos que, aunque tal vez en un principio el Niño pensara que su remoción sería temporera y por razones de preservación, tras siete meses de covacha sin que nada pase, y tras ver en su lugar primero dos gorras de pelota, y luego unas pelotas de béisbol alrededor de la figura de un Quijotito de lo más feo que puede imaginarse, sencillamente el San Juanito no lo ha tomado bien, lo cual ha desatado su cólera, por no decir su ira furibunda.

Desde entonces, no ha parado de llover para el Gobernador, convertida su gestión administrativa de los últimos meses en un rosario de fracasos y calamidades que ya casi hasta pena da. Todo apunta a que esta ira del San Juanito, sobre todo al percatarse de su sustitución definitiva por el mamarracho de Quijotito, es la responsable no sólo del descalabro general que vive el gobierno hoy, sino inclusive del cambio de apariencia física del Gobernador, cada vez más alejado del estilo lampiño del Niño y más cercano al estilo barbudo del viejo Quijote, sólo que ahora (¡venganza suprema del San Juanito!) convertido en una versión a la inversa del original: donde hay verdaderos monstruos y gigantes, él sólo puede ver molinos.

Nosotros, el grupo de expertos y especialistas que hemos realizado los estudios y alcanzado estas conclusiones, le aconsejamos encarecidamente al Gobernador que devuelva el San Juanito a su lugar, no sólo por el bien de Puerto Rico, sino para que al menos sea capaz de recoger los escombros de su gestión y dejar a su salida de La Fortaleza un rastro mínimo de dignidad ante las circunstancias. También satisficiera nuestras preocupaciones, como ciudadanos interesados en la preservación de los tesoros culturales del pueblo de Puerto Rico, poder ver de nuevo la figura del San Juan Bautista Niño del siglo XVIII y constatar que se encuentra en buenas condiciones.

INSTANTE NACIONAL CRÍTICO

Leer La guerra y la paz de Tolstoi es una experiencia que le recomiendo a todo el que disfruta sentir su mente expandirse y absorber imágenes y sensaciones como una esponja. Hace apenas unos días tuve que despedirme de los Bolkonsky y los Bejuzov y los Rostov y los Kutuzov, quienes durante las muchas horas de los muchos días de los pasados meses me vienen acompañado. Es lógico que eche de menos ese levantarme en la mañana, desembarazarme del sueño, tomar café y hablar con el indio, escuchar un poco de noticias, sentarme en la butaca de lectura, abrir el libro y sentir el impacto de la imaginación contra mi cerebro. Vivir en mí ese milagro de la ficción literaria que sólo la lectura faculta es uno de los grandes placeres de mi intelecto. Apenas leo la primera oración, de repente, en un acto casi de prestidigitación, regresan de mi memoria a modo de avalancha no sólo los grandes ejércitos napoleónicos, no solo las hordas de soldados rusos en desbandada, no solo el Moscú en llamas y toda su sociedad que huye, sino también los más mínimos conflictos humanos del amor, la moral, el saber y el ser que afectan las vidas de cada uno de los personajes que componen este magno relato.

Existen muchas lecciones aquí para quien está de continuo pensando en la crisis de su propio país. Quizá la mayor sea cómo es que se comportan una nación y sus líderes ante una agresión que pone su existencia en riesgo. Y quizá la escena emblemática de este instante nacional crítico ocurre al finalizar la batalla de Borodino, última gran batalla de la campaña militar francesa de 1812. En aquel valle idílico de lomas lisas y suaves como muslos y senos, de soñolientos poblados y oníricos riachuelos que cruzan bajo puentes de piedra fabulados, habían quedado casi cien mil soldados, mayormente rusos, muertos sobre la yerba. El ejército napoleónico, la Gran Armé, tras un día entero de lucha, no había logrado romper las líneas de defensa rusas, pero ante el gran número de bajas sufridas, el general Kutuzov, también llamado el Serenísimo, al mando de los ejércitos rusos, ordena la retirada y el repliegue de las tropas hacia Moscú.

En ese momento de caos, atascados los caminos con las carretas y los caballos y los cañones y los hombres exhaustos, asechados por el ejército francés, Tolstoi narra la siguiente escena, la cual resume la actitud de los líderes de un país enfrentados con una situación de instante nacional crítico:

A seis verstas de la muralla de Dorogomilovo, delante del cerro Poklonnnoya, Kutuzov se apeó del coche y se sentó en un banco del borde de la carretera. Un numeroso grupo de generales se reunió en torno a él. El conde Rostopchin, que acababa de llegar de Moscú, se unió al grupo. Aquella brillante comitiva, dividida en varios círculos, hablaba de las ventajas y desventajas de las posiciones, de la situación de las tropas, de los planes que se proponían, del estado de Moscú y, en general, de todas las cuestiones militares. Todos comprendían que, aún cuando no habían sido convocados con este objeto, y aunque nadie lo dijera, aquella reunión era un Consejo de Guerra. La conversación no se apartaba del dominio de los problemas generales. Si alguien comunicaba o preguntaba alguna noticia personal, lo hacía en un susurro, y de nuevo volvía a los temas generales. No se observaba entre estos hombres ni una broma, ni una risa, ni siquiera una leve sonrisa. Era evidente que todos se esforzaban en mantenerse a la altura de la situación.

Puerto Rico atraviesa un instante nacional crítico. Tal vez no tengamos cañones de hierro lanzándonos balas explosivas, quizá no tengamos un gran ejército extranjero dispuesto a diezmarnos, pero tenemos los más grandes intereses económicos del mundo y que jamás han habido, los mismos que financian los cañones de hierro y las balas explosivas y los ejércitos acechantes, al ataque, dispuestos a dejarnos en el hueso, a exterminarnos como raza de la faz de la tierra si fuera necesario. Sin cañones o invasiones, saben que hay otras formas sutiles la violencia que con un pueblo inerme y colonizado resultan más efectivas. Destruirle la economía entera a una sociedad para que ésta sea siempre dependiente de un mercado cautivo es la forma más solapada de la violencia. Limitarle severamente la educación a los pobres de un país ya es una forma más evidente, igual que atentar contra su salud, contra su seguridad y contra los servicios esenciales son formas de atacar y de atentar contra sus vidas. Criminalizar y demonizar a quienes promulgan el deseo más puro y genuino de todos los pueblos, el de sentirse dueños de su futuro, es la forma más abierta en que se ha ejercido la violencia contra Puerto Rico. Y por supuesto, negarle a los puertorriqueños el futuro y la modernidad en su propio país, forzarlos al crimen, al suicidio, al exilio, que son las formas más refinadas y perversas del exterminio.

La gran diferencia entre el instante nacional crítico puertorriqueño de 2018 y el instante nacional crítico ruso de 1812 (aparte de las circunstancias), es que ya los rusos, en aquel momento, tenían su identidad política y nacional resuelta, se reconocían como un todo más allá de las clases sociales y las diferencias políticas, y sus líderes sabían que, si sus decisiones eran erradas, sus vidas correrían la misma suerte que el resto de los rusos. En cambio, en el caso puertorriqueño, todavía estamos enfrascados en una lucha intestina, con una parte de la nación corroída por la polilla del coloniaje al punto de pretender negarse a sí misma y ser otra. Y para coronar la desdicha en este instante de suprema incertidumbre, donde se juega la posibilidad de que Puerto Rico sea viable en el futuro, tenemos líderes que, a los sumo, llegan a sentir empatía, porque sufrir jamás, porque hambre nunca, ni desempleo, ni marginalización o desespero, porque para ellos exiliarse es mudarse, y porque saben que, si sus decisiones son erradas, ellos jamás correrán la misma suerte que el resto de los puertorriqueños.

¡LUZ BARATA AHORA!

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Los retos del siglo XXI exigen respuestas innovadoras, atrevidas, eficientes; respuestas inclusivas, holísticas, capaces de atender varios problemas al unísono y resolverlos sin menoscabo de ninguno. Se requiere, desde luego, creatividad para vislumbrar estas respuestas, imaginación espumante, intención cooperativa y solidaria. Tras varios meses de análisis y discusión en el seno del Consejo Ciudadano de Sustentabilidad Energética, hemos descifrado el enigma de cómo reducir el costo de la producción energética en Puerto Rico cuanto antes, a la vez que solucionamos otra serie de problemas también de urgencia que aquejan a nuestra población. Se trata de una idea atípica, que ofrece, no obstante, opciones viables, rápidas, justas, razonables y abarcadoras; se trata de una opción estrictamente pragmática, que ningún derecho quita y mucho bienestar añade. Si en la solución de una crisis se encuentra la solución de otra, ¿no vale la pena siquiera considerarla? ¿Acaso no es ésta otra instancia del proverbial matar dos pájaros de un tiro, ejemplo por antonomasia de eficacia y productividad? Sin otros preámbulos, entremos en materia.

Es un hecho probado y estudiado que los problemas de salud que padecen los puertorriqueños corresponden, en su mayoría, a su pésima dieta, intervenida hoy por la peor comida que ha producido el ser humano en toda su existencia y hacia la cual hemos demostrado un voraz apetito. También es harto conocido que el costo elevadísimo de los servicios médicos en Puerto Rico está íntimamente ligado al desprecio que demuestra el Estado por la calidad de la alimentación del pueblo y su salud preventiva. Y sabemos, además, que el mal ya no está en el bacalao frito de antes, ni en la alcapurria grasienta de Piñones, ni en la carne de cerdo freída en el friquitín de la orilla, sino en la fritanga mucho más perniciosa que se dispensa en los churches, los kentuckys, los burguerquines y demás establecimientos de comida barata americana, que mata más que las drogas y toda la violencia junta. Resultado: colesteroles encaramados por las nubes, diabetes disparadas como fuegos artificiales, venas y arterias al filo de la reventazón, corazones que piden descanso, en fin: gordura rampante.

Dado que el poder de estos emporios alimenticios es, por decirlo de algún modo, omnímodo, y dado el grado elevadísimo de concubinato entre éstos y la clase política del país, podemos echar al zafacón la idea de limitar el consumo de estos productos en todo el territorio nacional, que sería lo que manda la gravedad de las circunstancias. Para lidiar con el exceso de azúcares y material sebáceo que dejan estos productos acumulados en los tejidos adiposos, proponemos una alianza de esfuerzos en la que nadie pierde, una simbiosis ejemplar, un círculo perfecto. Ni los emporios pierden, ni pierde la clase política; pierde solamente el ciudadano, y en todo caso son libras de más que tenga, chichos y celulitis, mientras gana un alud de salud fresca. Entra en escena el asunto energético, que se enchufa directamente a esta fuente inagotable de material orgánico mediante un perfecto sistema de reciclaje. En resumen, proponemos una estrecha alianza entre el Departamento de Salud, el Departamento de Recreación y Deportes y la Autoridad de Energía Eléctrica, destinada a sacarle luz a los azúcares y las grasa que corren por venas borincanas.

La ley que faculta este innovador proyecto comprendería dos sencillas facetas. La primera pondría en manos del Departamento de Salud la ardua pero imprescindible tarea de establecer un sistema de monitoreo de peso e índice de masa corporal para cada ciudadano mayor de edad en la isla. Esta red de centros de pesaje se impone hoy, más que nunca, como una necesidad urgente. Acorde con la propuesta, cada individuo tendrá dos nuevas obligaciones ciudadanas: una será reportarse bimensualmente a los Centros de Pesaje (CP). La segunda será portar consigo en todo momento su tarjeta de condición física expedida por el Departamento de Salud, la cual podrá ser requerida por cualquier oficial del orden público, en caso de violación flagrante sin justificación médica, que deberá estar indicada en la tarjeta. Será una nueva preocupación para el ciudadano, agobiado ya de tanta responsabilidad, pero será también un buen estímulo para mantener la grasa a raya.

La segunda faceta es la energética, y sólo atañe a quienes su índice de masa corporal supere el 85%. Estos ciudadanos tendrán la responsabilidad adicional, so pena de multa y hasta de cárcel, de presentarse bisemanalmente a lo que serán los más gigantescos centros de bicicletas estacionarias que el mundo haya conocido, y convertir allí su exceso de glucosa y grasa corporal en energía compartida. Estudios realizados por especialistas en nutrición y en ingeniería eléctrica, auspiciados por el Congreso de Nutricionistas de América y el Instituto de Ingeniería Alternativa, reflejan el alto rendimiento energético de este tipo de grasa chatarra. Por ejemplo, un sólo Big Mac, indica el estudio, ingerido por un cuerpo promedio, puede producir la energía suficiente para electrificar una casa familiar de cuatro miembros durante dos días. Esos mismos cuatro miembros, si se comen un barrilito extra-crispy de Kentucky Fried Chicken, podrían iluminar un pueblo de siete mil habitantes durante una semana entera, digamos, todo Maricao. Son datos sorprendentes, que apuntan a una fuente de energía inagotable, a un pozo de petróleo secreto que todos llevamos dentro.

Los Centro de Control de Sobrepeso (CCS) serán administrados por la Autoridad de Energía Eléctrica, en colaboración con el Departamento de Recreación y Deportes, que se encargará de los aspectos técnicos del ejercicio. Serán provisto con las conexiones y la tecnología necesaria para transformar en electricidad la energía motriz de piernas activadas por las susodichas azúcares y grasas. La energía que genere cada CCS irá a los centros de transmisión de la red eléctrica de la AEE, que se encargarán de la distribución correspondiente. La alta incidencia de edificios desocupados bajo el control de Fomento Industrial hará sencillo ubicar los CCS a través de toda la isla, sin grandes costos de construcción para el Estado. Vale subrayar esta enorme economía que resultará para el erario convertir de petróleo a bicicleta sus plantas generatrices, en lugar de a gas natural. La inversión en los Centros sería mínima en comparación con la que significaría construir un gaseoducto que raje la isla de lado a lado, o un machucador de pájaros o desollador de tierras fértiles que sería un parque eólico. ¡El día será que veamos a Cambalache, Costa Sur, Aguirre y Palo Seco, corriendo todas a fuerza de pedales!

Como quiera que se mire, más que una propuesta rentable y auto sustentable, es un negocio redondo. Gana la población general, que recibe un alivio inmediato en su factura de luz; gana el Estado, que invierte menos en los servicios de salud para el pueblo, a la vez que diversifica sus fuentes de energía; gana el ambiente, que se libra de la contaminación que implica quemar combustibles fósiles; y ganan los emporios de comida chatarra, al no verse restringidas sus ventas, lo cual, a su vez, garantiza que las fuentes de energía sean renovables. Lo mejor del sistema es que el ciudadano no pierde ninguno de sus derechos; su libertad individual para comer lo que quiera, cuando quiera y donde quiera, queda debidamente salvaguardada. Nada ni nadie impide que un hombre o una mujer que recién pierde ochocientos kilovatios de peso en una hora de bicicleta forzada, salga y los recupere de inmediato en cualquiera de los establecimientos de su preferencia.

Se estima que para el 2040, el 80% de la población de la isla será obesa o estará en peligro de serlo; uno de cada cuatro niños padece de sobrepeso hoy, y se estima que tres de cada cuatro serán obesos como adultos. Con estos números, tenemos asegurada nuestra supervivencia energética; podríamos inclusive exportar electricidad a las demás islas del Caribe, lo que iría a favor de la deuda externa del país, que como sabemos se multiplica de forma estrepitosa.

El puertorriqueño ama la luz, adora los encendidos navideños, reverencia el aire acondicionado, pero odia que el gobierno le obligue, y menos que se inmiscuya en la vida privada de cada uno. Sin embargo, existen mil obligaciones que aceptamos y cumplimos sin chistar. Unas cuantas más no matarán a nadie; al contrario, salvará a muchos, mientras se reduce, y a saber si hasta eliminamos la dichosa factura de la luz. Digo, ¿queríamos o no queríamos fuentes de energía baratas y renovables? ¡Luz barata ahora!

Inspección ocular

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A casi un año de María, resulta sorprendente la cantidad de semáforos inservibles y cráteres descomunales que siguen poblando las carreteras del país. Por eso sorprende cuando escuchamos al señor Carlos Contreras, Secretario de Transportación y Obras Públicas y también Director de la Autoridad de Carreteras, encargado de restablecer el funcionamiento de unos y de eliminar la existencia de los otros, decir por la radio que todo anda miel sobre hojuelas. Lo cierto es que, si no fuera por la corrección política y el prurito que imponen hoy las redes sociales, hace rato que hubiéramos clamado: ¡Oye, pero este señor está ciego!

Sabemos de sobra que ser no-vidente en nuestra era y sociedad moderna no debe ser obstáculo para ejercer un gran número de actividades y profesiones. En el servicio público mismo seguramente sean muchas más las posiciones que un no-vidente puede ejercer que las que no puede, desde la alta gerencia hasta cargos clericales. Sin embargo, existen otro gran número también de actividades y profesiones que un no-vidente está imposibilitado de ejercer. Un no-vidente podrá ser un buen o mal político, pero jamás podrá ser crítico de arte; podrá llegar a ser un gran diseñador de aviones o de carros, pero jamás podrá ser piloto o chofer de ellos; podrá ser un estadístico o matemático genial, pero jamás logrará hacer el salto a lo alto con pértiga.

Así que, cuando el gobernador Ricardo Rosselló nombró al ingeniero Contreras para dirigir dos de las agencias más visuales, más materiales y más física que tiene el servicio público, tuve una duda que contuve, y que seguramente también contuvieron muchos compatriotas nuestros. Nadie sabe a ciencia cierta hasta dónde debe llegar la capacidad de inspección de un alto ejecutivo de agencia gubernamental, ni tampoco hasta dónde llega la capacidad de un no-vidente moderno para ejecutar acciones verdaderamente sorprendentes. No obstante, en aras de darle tiempo al tiempo para que se manifestara el evidente desacierto, no dije ni dijimos nada.

Tras el paso de María y los destrozos que dejó en la red de transportación, obras públicas y carreteras, todas dominio del ingeniero Contreras, ha quedado evidenciada la necesidad de que el director de dichas agencias sea capaz de realizar inspecciones de semáforos, carreteras, alumbrados, etcétera, él mismo de cuerpo presente, ya que es muy posibles que los responsables de dichas inspecciones, aprovechándose de su ceguera, le estén pasando gato por liebre. Porque el señor Contreras podrá hablarle a la prensa con conocimiento de todas estas materias como si él en persona las hubieras cotejado, pero la realidad es que depende de un ejército de ayudantes y asistentes, quienes son jueces de sus propios actos y muchas veces los responsables de que no se realicen las gestiones.

Ya casi podemos imaginarnos la escena cuando al ingeniero Contreras le da con hacer una inspección “ocular” de las condiciones de los semáforos, las carreteras y el alumbrado público. Lo primero será rodearse por su séquito de ayudantes, unos para ofrecerle la información de la inspección, otros para corroborarle la verdad de la información y unos terceros para corroborar la corroboración. Aún así, Contreras estará ajeno al pacto de complicidad y silencio que harán todos entorno a él con sus miradas y sus gestos, a su plan de acción común que incluirá llevarlo en guaguota, con los mejores amortiguadores y las más avanzada tecnología para aislar el interior del sonido exterior, tal vez la descartada guagua blindada del Gobernador que andará rodando de agencia en agencia. Así podrán cruzar badenes o atravesar cráteres a toda velocidad sin que adentro el Secretario se inmute, y podrán fingir estar detenido en una luz inexistente sin que los bocinazos de los carros detrás penetren el entorno sonoro.

“Vayamos a la luz de la parada 18 en la Ponce de León,” comandará el Secretario, y hacia cualquier lugar se dirigirán a velocidades cósmicas su caravana. “Aquí estamos y está funcionando. ¡La acabamos de pasar!” le mentirá cualquiera de sus ayudantes camino a la próxima. Tarde o temprano le extrañará al Secretario que todos los semáforos estuvieran verdes al momento de cruzarlos, pero no dirá nada por temor a que su gente de confianza vaya a pensar que desconfía. También le extrañará la absoluta suavidad de las calles y carreteras por las que transitaran en la inspección ocular, sin saber que han estado dándole la vuelta en círculo por las mismas calles asfaltadas, pero confiará de que por fin se esté cumpliendo con los estándares requeridos por ley en cuanto a la brea. Tampoco se enterará en su inspección ocular de que el alumbrado de las vías está en ruinas, ni de lo mucho que semeja la oscuridad de nuestras ciudades hoy a la oscuridad de las viejas capitales comunistas durante los tiempos soviéticos.

Es síntoma de un estado fallido delegar en un no vidente la dirección de la agencia que más gestiones videntes tiene a su cargo, y que implica la mayor cantidad de inspecciones “oculares” que el jefe debe realizar, por muy complacidos que estén sus acólitos y ayudantes con la labor que se está realizando. Ni es justo para el Secretario, ni es justo para el país.

Anaudi, el topo

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Algo hay en Anaudi que hace pensar en cosas, además de más pesadas, más ocultas, en acuerdos más secretos y en propósitos más oscuros y criminales que el mero casito del cuadro telefónico de la Cámara. Algo tienen esa rechonchez y ese apretujamiento suyos que, a diferencia de otros que los llevan con la dignidad y el aplomo propios de la gravedad, parece más bien una bola de cañón lanzada contra un objetivo fijo. Su cuerpo tiene esa leve línea oblonga que tienen los objetos que cuando son acelerados bruscamente, abandonando de súbito su estatismo para dirigirse a un destino prefigurado. Nada pareciera indicar que el lío en el que se encuentra fuera a tener un desenlace que él desconociera. La confianza y seguridad propia que proyecta hacen evidente que su misión secreta, acordada en reuniones innombrables en algún lugar de la calle Chardón o de alguna otra, las cuales no puede siquiera permitirse el lujo de recordar que alguna vez ocurrieran.

La libretita donde Anaudi anotaba todos sus regalos y sus sobornos disfrazados apunta a que no era él quien movía los hilos de su propio devenir, por lo que debía crear una bitácora a petición del otro que sí era quien los movía. ¿O quién, en su sano juicio, que conoce lo delictivo de sus actividades, lleva un listado pormenorizado de a quienes involucraba en sus esquemas? Puesto que sabemos que Anaudi sí está en su sano juicio, ya que participa de un juicio él mismo, sólo cabe responder que era alguien que estaba “creando” la evidencia para ser usada luego. Y no podemos alegar mera estulticia por parte de alguien que hizo un imperio económico y mandó a hacer una casa de cuatro millones vendiendo celulares. Si este fuera el caso, el tipo sabe lo que hace, y si no fuera, también sabe lo que hizo. Se trata de un acto premeditado que serviría como evidencia clase A en el caso para el cual el topo Anaudi había sido asignado. No es la primera ni será la última vez que este tipo de personajes son colocados por quienes realmente ejercen el poder, con suficiente cuidado para no romper la ilusión que se pretende crear, con la intención de alterar a su antojo los eventos políticos de las colonias.

Han sido varias las instancias en las que la Fiscalía Federal en Puerto Rico ha decidido llevar casos de alta resonancia política en plena campaña política, manipulando con ello el resultado de los comicios en nuestro país. Una cierta perfección de sincronía de las fechas en que se llevan a cabo los arrestos y luego los juicios para coincidir de manera casi exacta con los eventos electorales revela, no solo un pobre grado de prudencia, sino un grado exagerado de intención y desfachatez. En momentos cuando el Departamento de Justicia emite acusaciones contra una veintena de funcionarios y empleados públicos del Capitolio por acciones delictivas relacionadas con un esquema de corrupción que significó un robo de casi tres millones del erario público, ocurrido durante el cuatrienio anterior a este, es decir, el último del PNP, resulta muy elocuente que no hayan querido involucrarse, evidentemente porque su preferencia para gobernar el país, la preferencia del gobierno permanente de los Estados Unidos, sobre todo en este momento histórico que enfrenta Puerto Rico, será siempre el más bobo, el más maleable y el que menos le dirá que no a nada.

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La soberanía indígena

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El momento llegará, y será pronto, cuando los líderes estadistas, rendidos ante la evidencia y frustrados ante lo imposible, comiencen a hablar elogiosamente de nuestro pasado taíno. No será de sopetón, como dicen, no lo esperen de golpe; la infiltración llegará por etapas, por capas.

Primero será despejar la falsedad difundida una vida entera y regresar a la verdad histórica antes demonizada y ahora conveniente. Entre chiste y chiste y rebuzno y rebuzno, comenzarán a desmentir que fueran tan mansos los taínos. Negarán que simplemente pusieran los cuellitos en las anillas o los pechitos frente a las dagas de los colonizadores sólo porque eran de buen corazón y siempre pensaron lo mejor de aquellos bárbaros. Suavemente irán afirmando los prodigios de aquella sangre valerosa, salpicando sus actividades proselitistas con simbologías y diseños indígenas y los discursos con vocablos arahuacos.

De pronto, como por arte de magia, para fines de la nueva la doctrina estadista, dejarán de ser malvados y desalmados los indios que ahogaron a Salcedo, transformados ahora en buenos defensores de su tierra sagrada. Veremos con júbilo cómo se va apagando el culto de algunas figuras del anexionismo mientras se reaviva el culto por Agüeybaná III, el Bravo, por Güarionex, por doña María, hija de Bagnamanay, por Juana Morales, la única mujer que come pana con aguacate. Veremos a los líderes estadistas recortarse los hombres sus cabellos con dita y las mujeres hacerse trenzas. Uno a uno caerán los botones de las camisas de los alcaldes y legisladores estadistas y sus pechos quedarán expuestos para mostrar los medallones con soles taínos, mientras que las líderes anexionistas comenzarán a usar mocasines, subirse las faldas, usar abalorios e insinuar los senos. El día que escuchemos al oficialismo estadista utilizar la palabra guasábara como moto de alguna de sus campañas, sabremos que ya el cambio se dio por completo, que ya comprendieron la futilidad de su reclamo, que entró por fin en sus cerebros el entendimiento de que la soberanía política dentro de la nación estadounidense no se alcanzaría por la ruta de la estadidad, y que la única ruta que les queda hacia ella será como reservación indígena.

Y aquí comenzaremos a ver y escuchar la nauseabunda parada de las jennifergonzáleces de la vida, los apontes, los romeros y los rosselloces, asistiendo a sus funciones políticas y mítines con penachos al principio, después con las caras pintadas y al final hasta con taparrabos, que es lo que debieron usar siempre. Y para colmo penachos de indios americanos, tipo comanche, tipo sioux, tipo apache, porque hasta en eso serán asimilados. Y hablarán de la batalla de Yahuecas como de Little Bighorn, y harán peregrinaciones a ese lugar hasta hacerlo su nueva Jerusalén, y andarán con cemíes en los bultos, y cambiarán el arroz por las tortas de casabe, y entre los más jóvenes se pondrá de moda la cojoba, y dormirán en hamacas y se sentarán en dujos, y hablarán de Agüeybaná y de Caguax y de Toro Sentado como hablan hoy de Celso Barbosa, de Ferré y de Jorge Washington, hasta que todo aquel pasado antes de ignominia sea absorbido y forme parte de la gloria irredenta de la nación taína, y esta tierra que ellos mismos sembraron de cemento y vejaron con varilla sea la nueva tierra sagrada de sus ancestros, y recobre Borikén su significado original de la tierra de los hombres valientes.

Día segundo de la tormenta económica

Negro encojonao

Parece que todavía estamos en la etapa de las ráfagas ciclónicas que preceden la tormenta en todo su apogeo. De vez en cuando una noticia, un gobernador afligido que nos aflige más con su aflicción, una advertencia de Casa Blanca que teme que le caiga en la falda la papa caliente, un nuevo desprecio de un Congreso recalcitrante y racista que se queja que el esclavo atado de pies y manos no sabe nadar. Ráfagas ciclónicas todas. Todavía ninguna es viento sostenido. Si la crisis económica fuera un huracán categoría 5 en la vida real, el ojo estaría al sureste de Vieques moviéndose en dirección noroeste a un octavo de milla por hora, pautado para entrar por la costa este de la Isla, entre Ceiba y Humacao, a comienzos del mes de julio.

Mientras tanto, acá hoy, después de varios días de lluvias, inundaciones y derrumbes y de salir el sol casi todo el día en la ciudad capital, no ha pasado nada. Todo han sido ventiscas, y sólo si escuchas la radio o lees la prensa. Por la calle ninguna señal del descalabro distinta a las de ayer ni se escucha a nadie comentar la situación, pero tampoco es anduviera del tingo al tango el día entero con la oreja parada pendiente al cuchicheo callejero.

Mi único encuentro social hoy, si es que a aquello pudiera llamársele encuentro y mucho menos social, fue con una persona sin hogar, vagabundo que antes les llamaban, ubicado en una parada de guagua de la Avenida Ashford junto con sus dos cachorritos satos que le acompañaban, como es uso y costumbre de las personas sin hogar en esta zona turística de la ciudad. Ante la pregunta de mi compañera de si podía sobar los perritos, el personaje, un hombre negro de unos cincuenta y tantos años, andrajoso y sin aseo, nos miró como si le hubiésemos dado de beber un vaso con vinagre. Interpretamos aquella expresión como desconocimiento del lenguaje, pero cuando al repetir la pregunta en inglés, con cara como si hubiésemos dado del cuerpo sobre la imagen de su progenitora, nos respondió también en inglés con una grosería que no repetiré aquí por ser éste un blog de gente decente, con la cual pretendió negarnos el permiso de tocar a sus cachorros arguyendo que él no andaba pidiéndonos permiso a nosotros para tocar los cachorros nuestros (que no sabría yo a cuáles se refería), supe que había entendido desde un principio mi pregunta en español.

Aunque era evidente que aquel hombre tenía la azotea atestada de cachivaches, no pude contenerme la obligación de recordarle que en Puerto Rico la gente no se trata una a otra de esa forma, sobre todo entre desconocidos, que aquí tenemos modales y que maneras y hay maneras de decir las cosas sin ofendernos, y que si su modo de proceder eran con aquella hostilidad, seguro debía considerar volver a su país de origen para que le saliera con esas bajezas a los suyos y no a quienes le hemos acogido y dado un lugar cálido en el mundo para estar, porque algún día le saldría con la misma insolencia a uno menos pacífico que yo que le recordará para siempre la importancia del buen trato entre los humanos.

Aunque me consta que no estamos inmunes a este mal de la carnepuercada, (con trofeítos como la Durota Ortiz o la tirapizza de Domino’s de la Loíza que tenemos en el clóset guardados nadie puede reclamarlo), de que no es la norma, no la es, y por regla general somos gente de buenos tratos y modales. A mí me llena de encanto saber que todavía la mayoría de los puertorriqueños damos los buenos días, pedimos la bendición y deseamos el buen provecho, después de todo lo que nos han hecho como pueblo, los propios nuestros y los de afuera, que es como para estar la población entera aborrecida. Me pregunto si mi reacción respondió a una híper sensibilidad que me causa el advenimiento de la catástrofe económica, o a una necesidad que siento como hombre puertorriqueño de mi tiempo de multiplicar los gesto en mi vida que propendan a defender esto de aquí que es nuestro, nuestra isla, la cual nos pertenece por derecho natural y ancestral, ante la agresión que se avecina.

No sé. En todo caso, esa sería mi ráfaga huracanada de hoy.

Día primero de la tormenta económica

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Hoy Puerto Rico hizo su primer impago de peso, lo cual equivale a un pecado capital en el mundo de las finanzas internacionales. Claro, las naciones no-pudientes le huyen al impago de deuda como el diablo a la cruz, mientras que las pudientes, después de que han hecho escante, se les perdona la deuda y hasta se les presta de nuevo para que se recuperen.

Para un país como el nuestro, no-pudiente, no pagar equivale a un cataclismo natural. Acostumbrados a los fenómenos climatológicos, este primer impago masivo correspondería a las primeras ráfagas huracanadas. Aunque el ojo de la tormenta todavía no llega, ya se supone que estemos recogidos en las casa listos para lo peor, y tal pareció ser la consigna del día. En el Viejo San Juan se sentía el aire pesado y el espíritu liviano que presagia catástrofe ciclónica.

Voy al lavamanos y sale agua por el grifo. Tiro la cadenita y se enciende la bombilla. Llegó hasta el cajero automático y me suelta algunos billetes. Voy hasta el supermercado y hay alimentos en las góndolas. De regreso, meto el pie en un hueco de la calle que casi me hace reventarme y morder la brea; una rueda de un carro aquí rompe goma y dobla aro. Vuelvo a mi casa sin que un cuchillo me visite la garganta o una pistola la sien y sin que unas manos ajenas me despojen de los billetes. Un pájaro en el alambre canta.

Observo por el balcón de mi casa y todo luce normal. Menos actividad que lo usual, sin duda. También es escaso el movimiento en los comercios. Mucha cara larga de dependientes en las puertas de las tiendas, eso sí, más un cielo nublado y un ambiente un poco tétrico. Así se inicia la tormenta.

LA VIDA EN EL BARRACÓN BORICUA

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El argumento que se esgrime con bastante insistencia en estos días, ése de que los únicos responsables por nuestra crisis económica somos nosotros mismos los puertorriqueños, es uno que debemos rechazar de plano por simplista, sofista y embaucador, porque es el discurso que mejor le cuadra a la perpetuación de la colonia, y porque aceptarlo es rendirse ante uno de los más conocidos delirios patológicos del coloniaje que a diario nos afectan: el de la culpa. Pero cuando se somete el argumento a la prueba de la metáfora clásica del amo y sus esclavos (puesto que el coloniaje, por mucho que se emperifolle, es una situación esclavista a gran escala, entre naciones), queda todo esclarecido y desmontada la falacia.

En esta ocasión, al amo, sentado en el gran sillón de cedro de su gran balcón de caoba, un buen día le llega a la nariz un tufillo que no le agrada ni un poquito, y se dice que alguno de sus negros debe andar por ahí mal aseado. El segundo día le llega una hedentina un poco más perturbadora, y se dice para sí que cómo es de apestosa y poco bañada la nación africana. Al tercer día, truncada su capacidad para disfrutarse la vida, se dice que la verdad que esta gente no tiene ningún sentido de la higiene y evidentemente les cuesta valerse por sí mismos. Al cuarto día comienzan a llegarle olores francamente objetables, pero ese día tampoco hace nada. Al quinto día da un puñetazo sobre la baranda del balcón y, mirando en dirección del barracón de los esclavos, se dice que ya aquello había llegado muy lejos y que la peste proveniente de allí estaba envenenándole el aire de su propia casa, el que respiran su mujer de porcelana y sus gemelas rubias y sus hijos colorados… ¡Hasta aquí llegó mi paciencia!, se grita para sí.

Ese día convoca a sus capataces y, en no muy amigable tropelía, se dirige al barracón sin ventanas, sin agua, sin servicios sanitarios, donde dormían hacinados unos sobre otros cientos de esclavos ensartados por los tobillos con anillas y varas de hierro. Manda a abrir las puertas del barracón y la tufarada que de allí escapó casi lo tira por el suelo. Cuando el ojo del amo por fin se acostumbra a la luz y puede ver el tamaño de la catástrofe que se vive en el barracón, lo primero que hace es acusarlos de ser unos marranos, unos mantenidos, unos buenos para nada, que cómo era posible que aquel barracón tan bonito que él les había mandado a construir lo hubieran convertido en aquella piara, en aquel estercolero, en aquella zambumbia de lixiviados. ¿Y qué pasó con los delegados que les permití yo escoger para que administraran el barracón?, pregunta al aire, retóricamente, dando a entender que eran ellos los responsables de aquel desastre. ¡La culpa entonces la tienen ustedes por elegir a los peores administradores!

Con esa cantaleta continuó el amo, irascible, diciendo cada lindura con un escupitajo, hasta poner a los esclavos de nuevo sobre sus rodillas suplicándole perdón por permitir que el barracón se deteriorara tanto, prometiéndole hacer acto de enmienda y dejarlo otra vez todo como cuando nuevo. El amo les recuerda cuán agradecidos deben estar que les construyó el barracón en primera instancia, y no los dejó durmiendo a la intemperie como animalitos, bajo los palos y tras las piedras, recordatorio que incrementa notablemente los gritos de culpa de los esclavos por haber permitido aquel deterioro de algo tan bonito como fue el barracón primero. Y tan pronto el amo cierra la puerta tras de sí (¡más bien la tira!), adentro los esclavos, quienes han tenido que organizarse en facciones para al menos administrar la sociedad dentro del barracón, comienzan a echarse unos a otros la culpa por la pocilga en que habían dejado que el barracón se convirtiera.

En esta tesitura se encuentra la vida dentro del barracón político puertorriqueño. Unos, los menos, llevan años advirtiendo que el problema es el barracón mismo y que sólo hay que atreverse a escapar de él para enterarse que los barracones terminaron hace décadas en el resto del mundo, y que sólo ellos quedaban en semejante estado de sumisión, pero éstos son descartados en el acto por los dos grupos mayoritarios, quienes los tildan de alucinados y acusan de querer gobernar el barracón mediante la ciencia-ficción. De estos dos grupos mayoritarios, uno ve que la solución de los problemas está en pedirle al amo que le abra unas ventanitas al barracón, para que se mueva el aire, y le ponga unas letrinitas, para tener un poco de dignidad; mientras que el otro está enfrascado en la idea descabellada en exigirle al amo, al esclavista, que los deje subir a vivir con él en su casa, a sentarse en sus muebles de tafetán, a acostarse en sus sábanas de holanda y recostar sus cabezas en las almohadas de pluma de ganso, a comer su  patté en su loza francesa con sus cubiertos de plata, según la mejor costumbre. Acorde con sus creencias, aquellos privilegios se los tenían más que merecidos, sobre todo después de tantos años de trabajo a sus costillas y para su lucro único… Desde luego que, sumida en semejante estado de confusión, infectada a tal punto por la enfermedad del coloniaje, nada podemos esperar de la actual clase política puertorriqueña.

Es de común conocimiento que ningún sistema colonial ha producido ningún gran prócer u hombre de Estado, a no ser aquél que derroca el sistema colonial que lo produjo o muere en el intento, es decir, aquél que le pega fuego al barracón al percatarse de lo que era el barracón. Las colonias producen muchos administradores, pero hombres de Estado ninguno, y todo administrador colonial tiene, por antonomasia, la mediocridad como factor definitorio, ya que acepta administrar un sistema que reconoce como injusto, como discriminatorio, como inmoral. Así que echarle a los puertorriqueños toda la culpa de lo que le ha ocurrido a nuestra economía, es decir, del estado deplorable en que nuestros administradores han dejado que se convierta el barracón, es retrotraernos a un mundo pre-moderno, pre-industrial, previo inclusive al espíritu de la Razón, cuando lo que se criticaba no era la institución de la esclavitud en sí, sino, a lo sumo, las condiciones de vida de los esclavos.

La culpa de la catástrofe económica en la que nos encontramos es del sistema colonial en el que vivimos, que impide que tengamos bajo nuestro control todas las variables económicas que necesitamos tener para crear un modelo económico sustentable. La mala administración del barracón es sólo un síntoma del problema mayor. La parte mayor de la culpa la tiene el amo, eso no debemos dudarlo ni por un instante. La parte menor de la culpa recae sobre el esclavo, y es la que le corresponde por no haberse rebelado contra un sistema político que lo esclaviza, que le roba las riquezas fruto de nuestro trabajo y lo condena a la bancarrota y a la pobreza perpetua.

Ahí estamos entonces: con una recua de políticos (administradores) creyendo todavía que aunque sin luz, sin agua, sin ventilación, está mejor vivir en el barracón que en la tierra cruda y dura en la que viviremos si nos ponemos muy exigentes y protestones y el amo nos quita el barracón; con un pueblo crédulo, temeroso y colonizado hasta el eje, empeñado también en complacer al amo, convencido que al barracón se le pueden hacer sus arreglitos; y con un amo ignorante de la vida en el barracón, ajeno a nuestra circunstancias salvo cuando le apestan la casa y amenazan con envenenarle el aire que respira, entretenido como se la pasa al borde de su lago privado amarrando a sus esclavos de pies y manos para echarlos al agua, mientras, entre los suyos, a carcajadas, comenta: “¡Ya ven! ¡Tampoco saben nadar!”