LUTO PERPETUO

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En la media que aumentan las poblaciones aumentan los actores sociales destacados que contribuyen al bienestar general de los pueblos. Sigue, por lógica natural, que mientras más actores sociales destacados haya más actores sociales destacados fallecerán, los cuales la sociedad estará continuamente reemplazándolos con nuevos actores que surgen y se destacan de entre los más jóvenes. Es por ello que una sociedad, por muchos que sean sus hombres y mujeres destacados, no puede declararse en duelo cada vez que uno de éstos pasa de este mundo al siguiente. Por una parte, se corre el riesgo de estarse casi todos los días del año en semejante trance; por otra, tal sobreabundancia le restaría solemnidad al acto, pues cuando todo el mundo es demasiado especial significa que ya casi nadie lo es.

Paso frente al Capitolio todos los días, y ayer domingo, como ocurre cada vez más a menudo, las banderas ondeaban a media asta en señal de que el gobierno y, por ende, el pueblo de Puerto Rico, se encuentran en estado de luto nacional. Por lo común me mantengo bastante atento a las noticias y actualidades, pero hoy no pude siquiera especular qué persona era la fallecida que tan solemne reconocimiento merecía o cuál el evento catastrófico que aquella actitud contrita y tristeza general ameritaba. Por mucho que escarbé en la memoria de las noticias recién leídas o escuchadas, y por mucho que googueleé el asunto, no pude encontrar motivo alguno para aquella tristeza salvo el retiro de Derek Jeter de las Grandes Ligas, razón que no me pareció de suficiente peso.

Recordé entonces que Pedro Rosselló, en su loco afán por detener la ola criminal del país que le tocó gobernar, convirtió su incompetencia en culpa colectiva declarando por ley tres días de luto nacional cada vez que un agente de la policía perdía la vida en el cumplimiento de su deber. Recordé también que las penas y tribulaciones del país del norte eran, por ley también, por obligación, nuestras penas y tribulaciones, y que cuando el Presidente de los Estados Unidos declaraba su luto nacional, también nos aplicaba a nosotros, por muy desafiliados que estuviéramos de aquellas penas. Y si a esto le sumamos nuestros hombres y mujeres ilustres (científicos, artistas, deportistas, políticos, etc.), a quienes sí reconocemos, cuyas obras nos son familiares y cuyas muertes, cada vez más frecuentes, relevantes, y le añadimos que cada luto es de tres días mínimo, estamos hablando de básicamente quedar atrapados en una concatenación incesante de lutos que se superponen e intercalan y que nos tiene rendidos en un estado perpetuo de zozobra colectiva.

Pero tal vez sea inevitable mantenernos así, en este duelo perenne, porque cuando no es por la pena de perder a la muerte a quien mucho valió en vida, es por la pena de ver cómo desbarran en vida quienes pretenden por sus acciones ser elegibles a luto nacional a la hora de su muerte.

LO PEQUEÑO Y LO GRANDE, EN PERSPECTIVA

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En su famosa biografía de Fernando de Magallanes, el escritor Stefan Zweig se asombra de la capacidad que tuvo el pequeño Portugal, la nación más pequeña de aquella Europa del siglo XV, de apenas millón y medio de habitantes, de transcender su propio aislamiento, desafiar su tamaño y emprender un proyecto colectivo de gran categoría, mucho más de lo que podría imaginarse de una nación de aquel tamaño. Como señala el autor, enfrentado a un Atlántico hostil, fuera de las rutas comerciales mediterráneas que compartían las demás potencias europeas, encajado en una posición económica insalvable, Portugal no tuvo otra opción que enfrentar ese mar ignoto, explorarlo y apropiárselo. Aunque dicho ímpetu lo llevó a construir un cruel imperio de explotación y esclavitud a su paso, lo cual hoy nos resulta escandaloso, sí expandió, desde su pequeño rincón del mundo, la visión global de toda una civilización, e hizo posible el encuentro de nuevos continentes y civilizaciones del cual todos aquí hemos nacido.

No sé si por un aumento en la frecuencia, o por una agudización de mi atención hacia el asunto, pero en tiempos recientes he conocido o escuchado la historia de muchos puertorriqueños, tanto aquí como en el extranjero, que no sólo son extremadamente capaces, sino que son los más capaces en lo que hacen. Puede que peque de sobre-optimismo cuando afirmo dudar que existan demasiadas ramas del saber o del actuar humano en las que nuestros compatriotas, hijos de un país minúsculo, no se hayan destacado y trascendido. Sólo en el arte de gobernar estoy seguro que hemos sido mediocres, pero sólo porque no lo tenemos, porque en realidad no gobernamos, porque lo que llamamos aquí gobernar es apenas una pantomima de lo que implica el verbo en sí. El día que nos gobernemos, cuando por fin sobrepasemos el partidismo y la politiquería que confundimos con gobernar y dejemos atrás la colonia, también en eso nos destacaremos.

No digo que seamos superiores ni superdotados, tampoco que por la calle no ande un solo morón con poder ni un ignorante con iniciativa, pero pienso que nuestra experiencia histórica, hecha mayormente de la necesidad, transmitida por generaciones, de sobrevivir y superarnos bajo estados políticos adversos a nuestra superación y desarrollo, nos ha hecho gente recia, gente capaz de enfrentar las dificultades y sobreponerse a ellas. Somos un país pequeño, carecemos de los recursos tradicionales que se traducen en riqueza inmediata para otros países, pero tenemos una población de jóvenes y adultos con una inteligencia innata, producto de esa necesidad histórica de circunvalar el orden establecido, quienes poseen en sus cerebros el máximo de nuestros recursos naturales. La mayor riqueza de nuestro país se encuentra distribuida en las mentes de la mayor parte de los puertorriqueños. Nuestra principal inversión debiera ser en el aparato y la estructura educativa que sirva para extraer de estos cerebros la inteligencia y la capacidad innata que en ellos se encuentra, y ponerlas a producir y crear para el país.

“Siempre que un hombre o un pueblo se lanzan a una empresa que rebase su propia medida, crecen también sus fuerzas hasta lo nunca imaginado,” señala Zweig. Como el Portugal del siglo XV, contamos hoy con las mentes necesarias para trascender nuestra propia medida, mentes capaces de enfrentar los reto del presente. Sólo nos falta el convencimiento de que el pequeño pueda algún día ser gigante.

LA INSURRECCIÓN DE MIS OBJETOS (1)

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Sábado, am

Durante meses juré que era mi torpeza natural, tan mía como decir el pelo que ahora mismo me toco y lo siento, o como decir la piel que me constriñe. No hay piso resbaloso o mojado donde mis pies, sin mi permiso, no quieran deslizarse fuertemente, ni hay vaso mal puesto, botella en filo o vidrio muy fino que mi meñique, mi codo o mi rodilla no quieran tumbar y hacerlos mil añicos contra el suelo. A la hora de comer, el tenedor se convierte en uno de mis grandes enemigos, y no hay instancia en que no se las agencie para dejarme caer en la falda un macarrón embadurnado en queso o un pellejo de pollo en la solapa. No existe pizza, salsa, grasa, flan o chocolate que no esté enamorado de mis camisas, mis pantalones y hasta de mis medias, hasta donde han llegado para besarlas. Apenas me queda pieza de vestir libre de mancha o pantalón sin quemadura de colilla o de changa. Es una tortura diaria con la que sobrevivo y la cual sobrellevo lo mejor que se puede. O más que tortura, la mía es una contienda diaria con los objetos que me rodean en mi casa, de la cual no siempre salgo tan bien parado que digamos. A las mujeres les encanta al principio y les parece de lo más cute, pero con el tiempo se desesperan y cualquier cosita, cualquier torpeza de grado ínfimo, las pone fuera de sí casi como si se tratara de un cataclismo en grado colosal. Sobra decir entonces que esta natural tendencia hacia el conflicto con la materia me tiene casi obligado a vivir solo.

El asunto, sin embargo, es tan evidente ya, que me es imposible seguir negando que, además de esta torpeza, existe una rebelión general de mis pertenencias en contra mía. Al día de hoy desconozco cuáles puedan ser las causas, cuáles las exigencias. Ninguna embajada he recibido que sea explicativa de manera alguna, o sugiera algún requerimiento, o siquiera me dé algún tipo de ultimátum. Peor que pudiera ser el martirio de saber es este limbo de no saber. Me inquieta el chirrido de su silencio. Quizá la lista de exigencias sea tan extensa que, pese a lo prolongado de la sublevación, la siguen confeccionando. Porque así como son muchos los objetos que poseo, muchos serán también sus requerimientos, y si cada uno se empeña en exigir algo, será el cuento de nunca acabar, sobre todo porque cualquier requerimiento seguro involucra a otro objeto igualmente sublevado, lo que causará conflictos y roñas entre ellos. Decir, por ejemplo, que los cuchillos y las tijeras me exijan filo, pidan que se les amole todas las semanas, se quejen de que cortar en las actuales condiciones les resulta un suplicio; o decir que el martillo pida menos moho, más cariño, o la puerta una lijita y de barniz una manita, o que el gremio de los libros se me vire en contra y exija un pañito y un plumero mínimo una vez por mes. ¡Será para que se me vaya la vida entera en esas labores caseras!…

Cosas así son las que imagino me exigirán mis propias pertenencias, conflictivas entre sí algunas de ellas, y otras de amplio consenso general. Pero esta espera que desespera, esta duda que turba, esta sublevación continua y guerra no declarada, me tienen erizado de pies a cabeza todo el santo día y en un estado de nervios que está a punto de enviarme para la clínica. Mi vida se ha convertido en una espera continua o bien de la siguiente agresión de mis objetos de las cuales soy víctima continua desde hace un mesa para acá, o bien de que llegue el envío con todos sus reclamos y exigencias.

Patrimonializar

“Patrimonializar”, ese verbo de nuevo cuño, debiera ser siempre una acción que se ejerce desde la memoria y para la memoria. En sí, la palabra patrimonio (o patrimonial, que también existe), se inserta en un contexto material. Se refiere a los bienes que se heredan, y pueden ser tanto individuales como colectivos. Desde luego, no todo lo que se hereda representa un valor material. Como dice el refrán, “igual se heredan las riquezas que las iniquidades”. Por lo que existen valores intangibles que también se heredan y pueden constituir patrimonio, las virtudes, desde luego.

Un bien implica siempre un valor positivo, una relevancia de alguna forma cuantificable, bien sea por su valor material en sí, bien sea por su valor histórico o artístico. No obstante, se refiere siempre a cosas preciadas que vienen del pasado, que se mantiene valiosas en el presente y que se preservan para que continúen siéndolo en el futuro. Y puesto que el patrimonio proviene de un pasado, su valor siempre están en función de una memoria. Cuando dicha memoria es sólo relevante para un pueblo a menudo se le llama patrimonio nacional, cuando dicha memoria es relevante para la raza humana entera se le llama patrimonio de la Humanidad. En ambos me refiero al patrimonio cultural, es decir, al creado por la cultura humana, pudiendo ser tanto del orden material como del inmaterial.

Patrimonio tiene la implicación de ser algo notable, algo que descolla por encima de lo ordinario, que se sale de la norma por ser extraordinario. Cuando es cultural, su principal valor radica en eso, en que fue la única piedra que sobrevivió a la batalla fundacional, en que construirlo en sí representó una hazaña y un reto a lo imposible, en que su presencia misma nos recuerda las grandezas del espíritu humano. Cuando el patrimonio es del orden natural significa que cuando un grupo de seres humanos está ante su presencia es tan grande impacto que ocasiona, bien por su belleza, bien por su esplendor, bien porque representa una hazaña de los elementos. No es nada nuevo que se designen ciertos lugares del planeta como patrimoniales por su valor natural. Sin duda en Puerto Rico podríamos encontrar en la naturaleza varios ejemplos de patrimonio nacional.

No obstante, cuando una entidad oficial y representativa de un colectivo, mayormente gobiernos, designa tal o cual lugar o cosa como patrimonio, lo “patrimonializa”, no hace sino recalcar su valor para la memoria colectiva, a la vez que se compromete a preservarla para el porvenir. Así como el patrimonio perteneció a la memoria de los antepasados, de aquellos que nos precedieron y nos formaron, así como continúa siendo parte de la memoria del presente que vivimos por ser esos objetos o esos valores intangibles parte del vivir diario, de igual forma debiera ser parte de la memoria de aquellos futuros ciudadanos que también merecen coexistir con el patrimonio testigo de su pasado y de la trayectoria de los suyos por este mundo. De poco sirve nombrar oficialmente algo como patrimonio si no se está dispuesto a resaltar su memoria, la importancia que tal cosa tiene para merecer ser protegida de quienes no saben apreciarla o no conocen su valor. Perpetuar la memoria es consubstancial con el acto de “patrimonializar”.

En su más reciente entrevista publicada por 80grados, la Directora Ejecutiva del Instituto de Cultura Puertorriqueña confunde los términos “intangible” y “efímero” o lo que ella llama “coyuntural”. Disparata la Directora Ejecutiva cuando habla de patrimonio que desaparece, que se olvida, que no puede heredarse. Desbarra cuando reclama el derecho a olvidar, siendo tan evidente que olvidar es contrario a “patrimonializar”. Acorde con esta descabellada definición, todos los aspectos de la cultura podrían ser patrimonio, todas las costumbres y tradiciones de un pueblo, todos los más mínimos actos y lugares, hasta los vientos Alisios que cruzan la isla, hasta cada ola que rompe contra nuestras costas podrían ser patrimonio. Cuando todo puede ser patrimonio, nada lo es, y todo lo que fue deja de serlo. La incoherencia de su argumento se hace evidente cuando, luego de decir que “vamos a hacer patrimonio todo lo que nos falta”, afirma casi en la misma línea que “un buen ordenamiento patrimonial tiene que ser selectivo y siempre tiene que haber espacio para el presente y el para el futuro.” ¿En qué quedamos?

Desde luego, resulta tremendamente conveniente “patrimonializar” lo efímero, lo que desaparece en su materia y en el recuerdo, porque así se libra el agente denominador (en este caso el ICP) de la responsabilidad que implica preservar para el presente y para el futuro los así nombrados bienes. ¿De qué vale declarar algo patrimonio si no se tiene la intensión de promulgar su valor, de conservarlo en el presente para que pueda recordarse en el mañana? El ICP ha demostrado ser incapaz de defender y preservar muchos de los bienes patrimoniales que están bajo su jurisdicción. Ahora, con un presupuesto achicado hasta casi lo minúsculo, ¿va a dedicárselo a preservar, proteger y promulgar el valor patrimonial de las cáscaras de huevo pintadas encajadas en las puntas de la mata de sábila de casa de Pepe y Pancha, las cuales en pocas semanas desaparecerán y olvidaremos? El ICP necesita un director ejecutivo que, por muy abultado que sea su expediente intelectual, no se sienta en la libertad de decir la primera barrabasada que se le ocurra, en abierto desafío a la inteligencia de la mayoría de los lectores.